La aviación es un medio de transporte global de personas y mercancías, capaz de cubrir las demandas cada vez más exigentes de los mercados y de la sociedad respecto a seguridad, alcance, rapidez y eficacia. Requiere a su vez menor infraestructura terrestre que otros medios y sus costes son cada vez más asequibles para una mayor parte de la población mundial.
Sin embargo una importante limitación del transporte aéreo, que se mantendrá al menos durante las próximas décadas, es su dependencia de los combustibles fósiles. Las variaciones en la composición del queroseno para alcanzar mejoras ambientales significativas están muy limitadas, entre otras causas, porque la seguridad de las operaciones es la prioridad. Estas limitaciones implican que la demanda creciente de tráfico aéreo supondrá un aumento de las emisiones procedentes del sector, con efectos tanto globales como locales.
Los lugares de intersección de todo el tráfico aéreo son los aeropuertos. Generalmente se ubican en áreas llanas y abiertas, por lo que la calidad del aire en sus proximidades suele ser mejor que la existente en concentraciones urbanas.
Sin embargo, además de las emisiones procedentes de las turbinas, las actividades realizadas en el aeropuerto como el tráfico en pista, los equipos auxiliares que asisten a las aeronaves o las propias instalaciones aeroportuarias, emiten gases que afectan a la calidad del aire local (LAQ en sus siglas en inglés).
Para planificar medidas de mejora es necesario disponer de inventarios actualizados donde se diferencien, además de las fuentes mencionadas, aquellas no aeroportuarias y que pueden influir significativamente en la calidad del aire local.